domingo 8 de noviembre de 2009

Dignidad liberada


En una de las clases de meditación que le doy a mi amiga Cristina, mientras conversábamos, poco a poco llegamos al tema de la dignidad genuina o despierta. Es esa dignidad física y mental que es posible obtener si uno le busca bien (o deja de buscar). Primero hablábamos de la generosidad y lo difícil que es cultivarla y luego excarbamos un poco más (entre sorbo y sorbo de té y mordiditas de galletas). Pasamos por la buena conducta, la paciencia y después caímos en la dignidad.

Una lleva a la otra. Una es consecuencia de otra y, según las circunstancias, de repente se vislumbran lazos entre virtudes que aparentemente no tienen mucho en común (como por ejemplo la ecuanimidad y la perseverancia). Solo hace falta distinguir la mecánica de cada cualidad. Dentro de cada virtud hay sistemas microscópicos que dan vida a otras virtudes. Sólo es cuestión de usar dichos procesos esenciales en los días correctos, en las relaciones interpersonales pertinentes y en las prácticas de meditación adecuadas y como por arte de magia surge una habilidad sana.

Pero bueno, volviendo al tema de la dignidad, éste surgió de nuevo en la conversación que tuve con Nandush hace unos días. Ha aparecido también cuando observo las dificultades de algunos amigos y familiares. Por lo mismo, decidí hacer un post al respecto. Trataré de describir la anatomía de la dignidad y mostrar las razones por las que ésta no depende de ningún tipo de máscara, valentía agresiva o arrogancia disfrazada de elegancia.

Primero lo que no es:

La dignidad no depende de logros materiales ni intelectuales
Si uno busca la definición en el diccionario, lo que encuentra uno son palabras como "excelencia", "realce", "cualidad de merecedor o de ser aceptado". Por lo mismo, es natural concluir que para ser aceptado, merecedor o reconocido como excelente, uno debe obtener y comprobar logros. Pero esa es una dignidad convencional. Más aun, es efímera y, por lo mismo, sujeta a renovarse. Endlessly... Eso no es dignidad, es esclavitud.

La dignidad no es la imagen que tenemos de nosotros
La imagen mental también está sujeta a renovarse. Lo que es peor, cualquier cosa que atente contra esa imagen será vista como a)una amenaza, b)como un enemigo y c)como el fin de tu dignidad. Una imagen es sólo eso: una imagen. Algo que debemos proteger, renovar, reinventar y mantener. El tiempo lo borra todo. Este segundo lo borra todo. En el siguiente tienes que volver a decirte que eres digno. Y el que sigue y el que sigue. Si alguien opina lo contrario, irremediablemente tendrás que involucrarte en una lucha absurda. Puede que ganes pero, una vez más, el tiempo borrará eso por lo que luchaste o llegará alguien más a "destruir" tu imagen. Eso no es dignidad. Es un espejismo.

La dignidad es independiente de cualquier anécdota
Al igual que el caso anterior, las anécdotas están sujetas a la impermanencia. Eso significa que tendrás que revivir tu pasado "valioso" una y otra vez para comprobar lo "digno" que eres. Eso explica por qué te repites las mismas historias cuando te sientes mal. Cuando escuchas mil veces una canción, ésta poco a poco pierde su encanto. Lo mismo ocurre con tus anécdotas y, por ende, con tu "dignidad". Eso explica por qué a veces las personas ya no se emocionan cuando cuentas tus historietas. Eso explica por qué a veces tú no te emocionas con tus historietas. Las anécdotas no son dignidad. Las anécdotas son sólo apegos al pasado. Claro, eso no implica que nunca más las cuentes.

No es un premio
Cualquiera que te haya dicho que no posees dignidad por que "no te la has ganado" vive en el error. Sólo analiza la lógica del argumento. ¿Quién decidió que nuestra dignidad le pertenece a otra persona? Y si así fuese. ¿Por qué es así? ¿En qué libro, biblia, constitución o manual de vida se afirma que la dignidad nos la puede otorgar otra persona? Y si le rascas más: ¿Por qué mi dignidad está fuera de mí? ¿Es una cosa? ¿Tiene altura, anchura y profundidad? Cuando alguien más me dice "ya eres digno de...", ¿acaso surge dentro de mí una energía que me hace más valioso de lo que era antes?

Más importante aún: ¿Antes no era valioso?

"Es que no tienes un sólo éxito", "Haces puras pen... equivocaciones", "¿Quién te dijo que mereces la felicidad?", "No has trabajado lo suficiente, no has ganado lo suficiente, no has aguantado lo suficiente, no has sufrido lo que yo he sufrido". Al parecer los "otorgadores de dignidad" no toleran que uno mismo se sienta digno.

¿Quién determinó que alguien más tiene el poder de decidir cuándo tendremos dignidad? Tratar a la dignidad como un premio es una forma de control, descalificación y manipulación.

Tampoco cuánta gente nos acepta, nos reconoce o nos quiere
Se ha concluido que uno es digno, o posee dignidad, cuando muchas personas nos reconocen, nos estiman, o nos quieren. En este caso una vez más le otorgamos el poder a las circunstancias de sentirnos como poseedores de dignidad. Una vez más nos encadenamos a otros. Una vez más nos esclavizamos. ¿Y si nadie nos reconoce? ¿Y si nadie nos acepta o estima? ¿Acaso eso quiere decir que no poseemos dignidad? La necesidad de reconocimiento y aceptación no es dignidad. Es sólo eso: una necesidad. Es como un recordatorio que debemos activar cada día. Esto es una clara señal de que nuestra supuesta "dignidad" es ilusoria y sujeta a renovarse.

Nunca es inventada
Por lo anterior, es evidente que cualquier intento de convencernos de que somos dignos, está destinado al fracaso. No tenemos que convencernos de que poseemos dignidad. Ésta es inherente a nuestro ser. Es innata a nuestra existencia.

La dignidad es:

Lo que somos
Tal cual. Ni más ni menos. Con todas nuestras virtudes y defectos. Es nuestro ser y estar. Así, tal cual.

Cómo somos
Nuestras manifestaciones, en el momento que surjen, justo en esa milésima de segundo en el que nacen, poseen dignidad. Cómo hablamos, cómo caminamos, cómo comemos, cómo nos vestimos y sí, también cómo nos equivocamos. Son errores dignos. Equivocaciones verdaderas que no se esconden. Nuestro buen gusto y mal gusto también es digno. Cada expresión de nuestro ser es instantáneamente un fruto de nuestra dignidad.

Es inagotable
Desde recién nacidos hasta la tumba poseemos dignidad. En ningún momento la perdemos. En ningún momento se acaba. Ésta surge como una fuente incesante de excelencia. Se percibe en cada instante. Ahora, ahora y ahora también. Aquí, aquí y aquí también. Sí también en este momento en el que lees estas palabras. Y en éstas también. Está impregnada en la extensión de cada inhalación y cada exhalación de nuestro cuerpo. Vamos, hasta después de la muerte nuestra dignidad perdura. Se encuentra en nuestras cenizas, en nuestro proceso de descomposición y en el renacimiento elemental dentro de los minerales de la tierra y los organismos de los vegetales y los seres vivos.

Flexible
En cada crisis y en cada momento de felicidad, ahí sigue nuestra dignidad. Se adapta a cada situación sin resistencias y sin pretensiones. La dignidad genuina no depende de condiciones. Es nuestra cualidad de amoldarnos a los problemas para resolver cada detalle, atar cada cabo suelto y llenar cada carencia (con más dignidad). Ante las tormentas, nuestra dignidad permanece inmóvil, como una roca. Ante la calma, nuestra dignidad se mezcla con la dignidad del suelo, del aire y de los cielos. No hay diferencia entre nuestra dignidad y la de los océanos, entre la nuestra y la de los colores de cada flor y fruto.

Elegante
La dignidad es tan sencilla que resulta infinitamente elegante. En su humildad yace su riqueza, en su simplicidad se percibe su solidez. La dignidad despierta no requiere de reconocimientos, ni de elogios constantes. Su distinción llena cada rincón de nuestro ser, cada habitación en la que entramos, cada actividad que realizamos y cada descanso que nos damos.

Verdadera
Una vez que la percibes, la dignidad no deja de expresar su veracidad. Es tan explícita que elimina todas las dudas de uno mismo y de los demás. Y si alguien no deja de cuestionarla, ello se debe a su temor por que nuestra dignidad sea verdadera. Se debe a su temor a que la suya no sea verdadera.

Cómo contactar con tu dignidad:
1. Renuncia a la pretensión
2. Renuncia al deseo de comprobar
3. Renuncia a tu autodevaluación
4. Renuncia a tu sobrevaloración
5. Permanece en el ser y estar genuino
6. Sin esfuerzo déjate llevar por ese Ser y estar genuino
7.
Reconoce ese ser y estar genuino como tu verdadera dignidad con libertad total
8. Cultiva el reconocimiento de ese ser y estar genuino con esfuerzo cuando sea necesario
9. Cultiva ese reconocimiento de ese ser y estar genuino sin esfuerzo cuando no sea necesario

viernes 6 de noviembre de 2009

Sobre la devoción


En este post hablé sobre las virtudes que nos hace falta desarrollar. Hablé de ellas por que en la encuesta para la investigación de mercado que realicé, las respuestas indicaban que había desinterés en habilidades como la compasión o la generosidad.

Sin embargo, hubo una persona que no escogió ninguna de las virtudes que enlisté como opciones de respuesta. Él proporcionó otra repuesta. En el cuadrito en blanco escribió "fe".

Lo primero que pensé fue "¿Fe?" Me di cuenta de que no la había considerado para nada. Me di cuenta de que no la incluí en la lista por que realmente no estaba activada en mí en ese momento. Sí, claro, ese día tenía fe absoluta en lo divino, en lo sagrado, en la naturaleza búdica, etc. Pero no era una fe despierta. Era una fe en su estado potencial y no estaba interesado en ella por que la daba por hecho.

Tiempo después la experiencia poco a poco impregnó mis días y hoy es algo que se incrementa conforme pasa el tiempo. Este post habla sobre esa vivencia.

Para continuar con el estilo de posts anteriores, optaré por pequeñas frases que transmiten la experiencia, en lugar de robustos párrafos.

Fe o devoción es:
- Valentía combinada con certeza
- Entusiasmo, sin titubeo, por ser verdadero
- Energía honesta y explícita en cada pensamiento y sensación
- Pasión por la entrega al universo
- Gusto, preferencia y placer por el servicio
- Optimismo espontáneo e inquebrantable
- Responsabilidad instantánea
- Fervor físico
- Fervor consciente
- Fervor despierto
- "Neverending zeal"
- Ausencia de egocentrismo
- Confianza plena en uno mismo
- Carencia de inseguridad interna

Seguro hay más formas de describirla. Por lo pronto se me ocurren esas.

Lo que hice para cultivar la fe o devoción:
1. Reconoce lo que impide que te entregues
La entrega puede ser al universo, trabajo, pareja, vacuidad, Dios, deidad, lo que sea.
2. Verbaliza el obstáculo
Como por ejemplo "no quiero saltar", "no quiero regalarme", "no quiero servir a nadie", etc.

3. Permite el cese del obstáculo
No hay necesidad de reprimir, ni de matar. Todo es impermante, deja que surja el flujo de la impermanencia del obstáculo. Dale su tiempo para que muera naturalmente.
4. Sé y está No tienes que hacer nada para ser y estar. Nada.
5. Reconoce los beneficios de tu devoción y entrega Siempre hay recompensas, a veces tangibles, otras intangibles.
6. Con la naturalidad de tu "ser y estar" sirve a ti y a los demás Se trata de beneficiar por medio del regalo de tu energía. No te olvides de ti en ese beneficio.

¿Sencillo no?

Ok, no es sencillo. Pero poco a poco se hace natural.

PD: para los que practican los 12 pasos, la fe y devoción se cultiva con el 3er y 6to paso.

miércoles 28 de octubre de 2009

Enciende la luz


Hace tiempo conversaba con mi amiga Lilia Maritza y ella me decía que es parte de la naturaleza humana ser egocéntrico. Estoy de acuerdo con ella.

También estoy de acuerdo con Zaratustra de Nietzsche cuando afirma que el hombre debe ser superado y llegar al "superhombre" o "Übermensch". No abogo por malinterpretar su filosofía y llevarla hasta el perfeccionismo del nazismo, pero sí por la revolución interna del ser humano y realizar la iluminación suprema de cada persona. Dicho con otras palabras, que nos libremos de forma permanente de las emociones negativas y de nuestras confusiones sobre la realidad.

La raza humana tiende a vivir a medias. No hay un desarrollo de su verdadero potencial. Aún los que viven en prosperidad, aún los que tienen éxito profesional viven sin conocer su fuente inagotable de sabiduría primordial, salud innata y bondad fundamental. Es evidente que todavía no distinguimos entre el camino correcto o el impulso por consumir lo que sea, sin importar las consecuencias negativas que surjan de dicho consumo.

No hace falta mostrar una lista de sucesos que comprueben nuestra caída recurrente. Los noticieros, Internet y hasta nuestro hogar proporcionan la evidencia de nuestra tendencia hacia los actos nocivos y la neurosis individual y colectiva.

Pero aunque las estadísticas sobre nuestra condición indican que algo anda mal con nosotros, es un hecho irrefutable que poseemos todo lo que necesitamos para ser lo mejor que podemos ser. Poseemos la verdad última. En serio. Está dentro y fuera de nosotros. En este instante. El problema es que no la hemos sabido aprovechar. Algunos la definen así. Otros así. En nuestro país tienden a referirse a ella de esta forma, pero también es válido afirmar que esa verdad es esto.

Si morimos sin activar esa chispa, sin cruzar el umbral de la transformación espiritual, ello sería equivalente a vivir sin haber salido de nuestro capullo. Y eso sucede todo el tiempo. No somos para siempre. La vida se va en un abrir y cerrar de ojos. Y por si fuera poco, a veces la muerte es prematura y rara vez se puede predecir cuándo llegará.

Es un desperdicio de divinidad. Debemos recordar que ser un ser humano común y corriente, valga la redundancia, es una oportunidad de oro. Tenemos a nuestra disposición la capacidad de distinguir perfectamente todas las causas de nuestro aprisionamiento y su resultante angustia y, como resultado, liberarnos de éstas. Este amiguito no la tiene. Ni tampoco los que se asumen semidioses.

Es triste reconocer que más de la mitad de la humanidad se muere sin probar la dicha de la verdadera libertad.

Habrá quien diga: "pero no todos tenemos la capacidad de probarla".

A lo que responderé: "pretextos, pretextos y más pretextos".

Habrá quien piense que ya es libre, quien se ría y continúe buscando entretenimiento aquí y allá. Habrá quien se refugie en el trono de su mente y se sienta seguro y protegido. Otros optan por esconderse detrás de tragedias fuera de proporción, reales o ficticias. Pero ni en los palacios de los centros comerciales, ni en las playas más lujosas, uno es libre del miedo. Ni en la penumbra depresiva ni en el infierno de la ira, uno es libre del miedo. Vamos de un extremo a otro. Sin parar, sin cesar, sin descansar. Del sufrimiento a la efímera euforia. Se acaba la felicidad y volvemos a sufrir. Añoramos, luchamos, conseguimos, volvemos a consumir y lo volvemos a perder. ¿Será por eso que le llaman círculo vicioso?

Y todo porque nuestra naturaleza divina yace apagada en nuestro ser.

Sí. Sí hay luz en nuestra voz, en nuestra mirada, en nuestra piel. Hay luz en nuestros errores, en nuestros tropiezos. Hay luz en nuestra sexualidad, en nuestras creencias, en nuestros escepticismos. Hay luz en nuestras depresiones, pérdidas, corajes e inconciencias. Pero es luz dormida. Luz inutilizada.

Eso explica nuestro desequilibrio. No damos los frutos que podemos dar. No coexistimos como podemos coexistir. No prosperamos como podemos prosperar. Sin los beneficios de un despertar esencial, todos nuestros actos están condicionados a producir resultados desfavorables y egocéntricos. Si la causa es negativa, el efecto es negativo. No hay otra posibilidad. Y lo peor del caso es que todo se vuelve un hábito. Un condicionamiento aprisionante.

Nos urge encender la lámpara de nuestro corazón ya que:
1) Ser humano es un regalo
2) No somos para siempre
3) Vivimos en un círculo vicioso
4) Somos víctimas de nuestros condicionamientos.

Ring a bell?

domingo 25 de octubre de 2009

Medicina

"May I be a protector for those who are without protectors, a guide for travelers, and a boat, a bridge, and a ship for those who wish to cross over. May I be a lamp for those who seek light, a bed for those who seek rest, and may I be a servant for all beings who desire a servant."

- Shantideva

lunes 12 de octubre de 2009

La enfermedad incurable


Cuando era niño, a los 5-6 años de edad, recuerdo que le dije a mi mamá que padecía de una "enfermedad incurable". Mi mamá con sorpresa y ternura me preguntó que si qué me sucedía. Le dije que la enfermedad incurable se llamaba "aburrimiento". Mi mamá sonrió y me ayudó a sentirme mejor con alguna canción, bromita o juego. Tiempo después el problema evolucionó y para solucionarlo recurrí a toda clase de entretenimientos, rellenos, contenidos, sedantes, enervantes y anestesias para evitar esa "horrible sensación". Después de años de ejercer mi escapismo de esa cosa vacía en mi interior (y exterior), acabé con una larga lista de adicciones a cosas tangibles e intangibles. Algunas de esas adicciones pudieron haberme matado pero al parecer mi karma no era tan culero.

Después de terapias, rehabilitaciones y procesos de recuperación de adicciones tuve una revelación. Estaba en casa de mi amigo Rodrigo y conversábamos sobre esa detestable sensación de insuficiencia. Le decía que, a pesar de que muchas cosas en vida habían mejorado, a pesar de que poseía muchas cosas que pensaba me harían super feliz, aún así me sentía incompleto. Rodrigo asentía y me compartía su experiencia similar a la mía. Después de esa conversación, me fui de casa de mi amigo y mientras iba en mi automóvil pensé: "¿y si dejo de luchar con el vacío? Tal vez, si lo acepte así como es, las cosas cambien". Reflexioné esa idea por varias horas y poco a poco llegué a una conclusión que cambió mi vida por completo: "si acepto el vacío existencial tal y como es, ya no estaré atado a tener que 'llenarme' con algo."

De ahí en adelante todo cambió. Obviamente en ese momento no tuve ninguna experiencia espiritual o mística. Sólo fueron reflexiones. Reflexiones que no dejaron de sonar en mi cabeza. Entre más ahondaba en esa idea, más tenía sentido su lógica. "Si ya no tengo que satisfacerme quiere decir que soy libre." "Si acepto el vacío ya no tengo que ser adicto a nada." Y así continué durante meses.

Después comencé a hacer las paces con la enfermedad incurable. A la larga, me di cuenta que la enfermedad incurable no era para nada una enfermedad. Rodrigo me dijo que J. Krishnamurti hablaba de un vacío. Leí su obra. Después leí a autores más contemporáneos (Tolle y Rubén Feldman). Comencé a vivir en ese vacío, a vivir en ese momento de nada. En enero de 2008 ingresé a una absorción meditativa y comprendí parte de la realidad fenoménica. Después de esa experiencia surgieron nuevas dudas y encontré respuestas en las tradiciones espirituales de la India y el este de Asia, especialmente en el Budismo.

Desde entonces no he dejado de promover los beneficios de vivir en esa "enfermedad incurable" que sentía desde niño.

Se han escrito millones y millones de páginas sobre esa vivencia a la cual llamo vacuidad. Pero en lugar de darles una larga y densa disertación filosófica al respecto, mejor les doy una lista de palabras que describen ese bendito estado de consciencia:

(algunas de las palabras que proporciono no existen en español)
Vacuidad es:

- Planicie
- Ordinareidad
- Momento llano
- Simplicidad
- Nada-eidad
- Primordialidad
- Rutina-reidad
- Lo previo a la sensación de estar incompleto
- Lo previo a las ganas
- Lo previo a los antojos
- Silencio del silencio
- Silencio dentro de los sonidos
- Transparencia dentro de los colores
- Transparencia de la transparencia
- Carencia de sensación dentro de las sensaciones
- Carencia de sensación dentro de la carencia de sensación
- Infinitud
- Primordialidad de todo
- Eso
- Eso del eso
- Cosa
- Inefabilidad
- Ahora
- Ahora dentro del ayer
- Ahora dentro del futuro
- Presencia
- Presencia dentro de la ausencia
- Quietud
- Quietud dentro de lo exaltado
- Etc...

Y para que no haya confusiones...

Vacuidad no es:

- Nihilismo
- Aniquilación del ser
- Anti-existencia
- Negación de toda la realidad
- Indiferencia
- Desconexión de la realidad
- Catatonia
- Represión de lo que sea
- Insensatez
- Muerte en vida
- Etc...

¿Queda claro? =)

Este post está inspirado en una conversación que tuve con mi madre hace unos días. Hablábamos sobre dejar de jugar a los papeles depresivos, a los dramas, a los corajes, etc. Cuando dejamos de jugar, poco a poco nos impregnamos de esa vacuidad, la cual es sumamente tranquilia, pacífica, flexible y relajante.

Para dejar de jugar e ingresar directamente a la vacuidad solo hay que prestar atención sin esfuerzo a lo que sea que esté dentro de nuestra percepción. Puede ser nuestra respiración, un sonido, una sensación, vamos... lo que sea sirve para arrullarnos y calmar lo que sea que tengamos que calmar.

martes 6 de octubre de 2009

Diferencias entre libertad y esclavitud


Hace unos días padecí una migraña. Ayer me ardía insoportablemente la garganta. Sentía como si me hubiesen cortado varias veces con una navaja para rasurar. ¿Puede la meditación ayudarme con estas molestias?

Sí. Existe una sabiduría (que se pule con la meditación) que nos libera de intranquilidades provocadas por dichos padecimientos.

Es mejor tener un ardor insoportable en la garganta SIN encabronamiento o angustia, que un ardor insoportable de garganta con encabronamiento o angustia.

En el caso de la migraña, me tomé unas pastillas para aminorar el estallido de mi cabeza. Cedió un poco pero no al 100%. Mientras transcurría el día tuve que lidiar con la luz brillante del sol reflejada en las paredes pintadas de naranja-rosa de mi oficina. Tuve que tolerar el ruido del resto de mis compañeros de trabajo. Cada sonido fuerte y cada color luminoso me provocaban punzadas sin forma en mi cerebro. Pero no había enojo, no había desasosiego.

Al contrario, estaba tranquilo. Adolorido pero tranquilo.

Así como permanezco en paz con los achaques de mi cuerpo, también permanezco sereno cuando tengo ganas de llorar o cuando surge un brote emocional en mi pecho cada vez que, por ejemplo, alguien se mete de forma precipitada en mi carril cuando manejo (llámale adrenalina, susto o ganas de gritarle al conductor que se me cierra).

En ese tipo de situaciones no hay guerra porque en meditación, como bien dice mi padre, "las cosas son como son, las cosas duran hasta que se acaban y hay cosas que ni pa' qué".

Libertad es:

Que la emoción sea como es, que dure hasta que se acabe y si ésta tiene que surgir irremediablemente, ni pa' qué lucho con ella.
Que la migraña sea como sea, que dure hasta que se acabe y si debe suceder, ps ni pa' qué me angustio.
Que haya dolor de garganta, que dure hasta que se acabe y si éste tiene que ocurrir, ps ni pa' qué me encabrono.

Obviamente esto no quiere decir que uno no actúe y no tome los remedios correspondientes para aminorar las molestias. Respiraré para calmarme, tomaré mis pastillas pa' la migraña y tomaré mi jarabe para el dolor de garganta. Pero no lucharé con lo inevitable.

Esclavitud es:

Que la emoción sea bonita. Si no lo es, quiero que se acabe YA y si no se acaba cuando yo quiera me angustiaré bastante.
Que no me duela la cabeza. Si me duele, que se acabe en este instante y si no se acaba cuando lo deseo me molestaré bastante.
Que no haya dolor de garganta. Si hay, que me cure en este segundo. Si no sucede eso me encabronaré bastante.

Es esclavitud porque nuestro estado emocional depende de sucesos fuera de nuestras manos. No hay libertad.

La sabiduría que se obtiene de la meditación es justo el arte de dominar el "las cosas son como son, las cosas duran hasta que se acaban y hay cosas que ni pa' qué".

Claro, hay ocasiones en las que el dolor físico es un infierno. Un día, tuve un dolor de estómago tan fuerte que se me salieron las lágrimas. Pero la causa de éstas nada tienen que ver con una lucha desesperada y absurda contra los fenómenos naturales de mi cuerpo.

Que haya lágrimas como son, que duren hasta que se acaben y si nada puede detenerlas ni pa' qué me preocupo por detenerlas.

Para aprender una técnica sencilla de meditación pulsa aquí.

La foto representa la prajñaparamita, o sea, la perfección de la sabiduría primordial que acepta y vive la realidad tal y como es.

jueves 17 de septiembre de 2009

Por qué medito


Había una época de mi vida en la que cualquier cosa religiosa que surgiera en mi percepción inmediatamente la tildaba de "mierda".

A pesar de que sí tenía curiosidad, no me daba la oportunidad de conocer, escuchar, evaluar o vivir una vida espiritual.

El catolicismo/cristianismo, hinduismo, islám y judaismo eran "idioteces", "pérdida de tiempo", "pendejadas" o, como comúnmente llamaba a cualquier religión, "mamadas".

El budismo era "esa tontería que hacen los monjes pelones" y la meditación "otra mamada más de los hippies".

Cuatro años después tengo cada célula de mi ser impregnada de Dharma (o por lo menos eso intento).

Un día pensé, "Actuar con bondad se siente raro. This is so not me", pero al mismo tiempo no quería dejar de hacerlo por que había llegado a un punto en el que actuar como un "motherfucker" era lo más idiota que podía hacer. Solía pensar que esa agresiva habilidad que había desarrollado para "no dejarme de la gente" era una virtud digna de reconocerse. Mi expertise era hacer mierda a todos, incluyendo a los más cercanos y queridos. También dominé el arte de ser un perfeccionista fascista y lo único que perfeccioné fue cómo temer constantemente el fracaso. La bondad... ¿cuál bondad? Pero bueno, un día opté por el sendero Jedi.

En esa nueva vida también sentí que vivía un cliché. Me etiqueté como "cursi" y me escondí muchas veces. Nadie debía saber mi nueva vida secreta, es decir, la vida de un "stillness-lover".

Pero resultó que "la jotería hippy" funcionó.

Después de un largo tiempo de práctica, estudio, prueba y error, he aquí lo que he obtenido de esta "mamada" llamada meditación:

- Ya soy honesto conmigo y los demás. O dicho de otra forma, ya no me hago pendejo cuando cometo un error.
- Veo los cravings y tentaciones de joder a los demás y a mí mismo. Y si veo, puedo dejarlos ir.
- Veo los ataques emocionales cuando surgen. Y si los veo cuando surgen, puedo dejarlos ir en ese instante.
- Sé cómo "dejar ir" sin que se vuelva una represión emocional.
- Sé que "dejar ir" es lo mismo que "dejar ser".
- Sé que "dejar ser" una emoción negativa NO ES lo mismo que identificarme con ella.
- Ahora sí escucho a la gente.
- Ahora sí empatizo.
- Ahora sí me comunico.
- Ahora sí comprendo.

Pero lo mejor que he obtenido de la meditación es que sé perfectamente qué es "lo que le llaman" el Fearlessness. No es un concepto, no es un ideal, es algo más real que cualquier otra cosa.

Y si sé qué es, puedo cultivarlo. Si no, no.

En la foto aparecen dos "místicos locochones" que en las últimas 4-5 décadas de su vida, no experimentaron miedo alguno.

Nada. Cero.

Todo eso se debe a que dedicaron las primeras décadas de su vida (desde niños) al estudio y práctica de la meditación.

Sin miedo...
- No hay parálisis
- No hay ira
- No hay angustia
- No hay odio
- No hay sufrimiento
- No hay soberbia
- No hay falsedad
- No hay máscaras
- No hay paranoia
- No hay obsesiones
Etc...

Yo quiero eso. Por eso medito.