miércoles, 21 de abril de 2010

Vistazos del Ying Yang

En este post escribí sobre lo ordinario, ahora exploraré lo extraordinario.

El escepticismo ha evitado que caigamos en miles de trampas y manipulaciones espirituales. Los promotores de ese tipo de estructuras ideológicas-fanáticas por lo general no saben lo que hacen y cuando lo saben, no les es fácil admitirlo o cambiarlo. Nuestro escepticismo nos salva de su inconsciencia y creencias falsas.

Personalmente, a mí me salva de ser inflexible. Sin el escepticismo sería 100% católico. Sería 100% budista vajrayana. Pero no lo soy, sólo tomo lo que me sirve de cada tradición. Gracias a nuestra capacidad de poner en duda lo que no nos cuadra o sirve, nos libramos de ser ciegos y de actuar sin razón alguna.

Pero por otra parte, este cuestionamiento también se puede volver un obstáculo. La función del escéptico dentro de nosotros es poner en duda todo y, como sucede con otros actos, esta función también se puede volver un hábito.

De repente cuestionamos cuando no hay razón para cuestionar y cuando estamos repletos de evidencia que refuta cualquier escepticismo. En ocasiones dudamos tanto de nosotros que hasta nuestra capacidad de ser visionarios se muere por completo.

Nuestra incredulidad nos deja sin latidos, sin sangre y sin pasiones. Nos aisla en una cámara de cristal con paredes transparentes impenetrables. El mundo se manifiesta en todo su esplendor pero no podemos saborearlo. Aun cuando queremos "vivir la vida", nuestro supuesto juicio, madurez o prudencia intelectual termina por marchitar cualquier disfrute. Por eso algunos necesitamos sustancias para sentir algo. Nuestra euforia natural está atrofiada. Sí, en ocasiones sabemos saborear la vida de forma espontánea, pero sólo en ámbitos conocidos y "seguros" como por ejemplo la casa de algún familiar o amigo cercano.

Más allá de esas circunstancias especiales, prescindimos del resto del mundo y de sus sabores. Nuestra alma nunca está en contacto con las demás fragancias, miradas, melodías, calles o edificios. No hay conexión debido a esa duda que permea cada célula de nuestro ser. Realmente no sabemos por qué dudamos de lo ajeno a nosotros pero lo hacemos "por si acaso".

El resultado de tanto escepticismo es una frialdad que ignora por completo los placeres latentes en el aire. Hay tanta magia en el ambiente pero nuestra indiferencia no titubea: el trabajo es trabajo, la música es música, el tiempo es tiempo. Y así se queda. Ok, no todos recurren a los estimulantes, pero aun los placeres culinarios, sexuales o recreativos que nos hacen sonreir una y otra vez se terminan. Y luego la depresión intelectual sin lágrimas y sin emociones se asienta de nuevo.

Nos dicen: "vive en el ahora" y lo hacemos. Nos convencemos de que en el Ahora no hay nada. Sólo hay esto y "esto" es sólo "esto". Ignoramos lo extraordinario de la sencillez de este segundo y por consiguiente nos sumergimos más en ese pesimismo escéptico y, cuando le damos rienda suelta a dicho pesimismo, caemos en uno de esos infiernos de ira sin razón.

Es cansado ser así. Es cansado ser escéptico de esa forma.

No le declaro la guerra al escepticismo pero sí a su mal uso. Sí le declaro la guerra al exceso de dudas sagaces y a la incredulidad astuta que me impide deleitarme.

¿Deleitarme de qué? De lo que sea.

Tampoco promuevo el libertinaje o un hedonismo selectivo. Creo que la receta perfecta es explorar y explorar con ese escepticismo alerta, maduro y despierto. Cuando ingreso a la vida cotidiana sin tanta armadura, ésta se revela mágica. Así ha sido siempre. Ya no hay necesidad de exprimir vida de la vida. Ésta se da y se da. Nunca ha dejado de darse. Qué sedados hemos estado.

La dicha surge cuando el enfermo de escepticismo se entrega sin miedo al universo, sin asesinarse, para resurgir como un lunático infinitamente sabio y despierto.

Eso es equilibrio.

jueves, 1 de abril de 2010

Sobre la humildad


All right, lets put a spin on things.

La lista de veces que he doblado las rodillas, tocado fondo, me he rendido y me he derrotado no tiene fin. Es una bendición derrotarse (por lo menos bajo la perspectiva espiritual). He aquí algunas de esas derrotas memorables.

Electroshock
No recuerdo exactamente cómo fue que accedí asistir a psicoanálisis cuando tenía 17 años. Lo que sí recuerdo es la primera sesión. Salí de ella en un estado radioactivo. Le dije a mi madre que me sentía "muy movido". Ya no pude ver las cosas de la misma forma por que me impactó darme cuenta de que hablar como lo hice en esa primera sesión, tenía repercusiones fuertes en mi estado emocional. Tal vez esas reacciones iniciales fueron difíciles y dolorosas pero en ese momento me percaté de que rendirme y hablar era mejor que callarme y mostrarme como superhombre. Sí, mi recuperación ocurrió 10 años después, pero el haber aceptado que necesitaba ayuda a esa edad sembró una semilla que le dio vida a un árbol que no ha dejado de tener frutos. Mi primer psicoanalista seguro estaba acostumbrado a ese tipo de verborreas, pero para mí fue como vomitar serpientes y ácido sulfúrico. Después de un tiempo comencé a disfrutar esos 50 minutos en donde encontraba un espacio seguro en donde podía hablar sin miedo a la crítica. El miedo se fue por que encontré una humanidad diferente a la que conocía, además de que la decoración de ese primer consultorio me resultó lo más relajante del universo (luego me percaté de que es común encontrar esa ambientación en los consultorios psicoanalistas). Vulnerarme de esa forma me dio alivio. Me agradezco por haber hecho eso en esos años de ingenuidad, rebeldía y cuestionamientos del "sistema" y le doy las gracias a todos los psicoanalistas que me proporcionaron más que un simple servicio terapéutico.

Blanco y negro
Mi padre y yo somos agua y aceite. Él ama lo que me resulta despreciable y viceversa. Yo sé de meditación, él sabe de futbol. Yo soy orgánico, él es estructurado. Él usa traje, yo voy de tenis al trabajo. Él jugó futbol americano, yo aprendí "karate". Pero más allá de esas abismales diferencias, siempre agradeceré su necia motivación por enseñarme lo mejor de su sabiduría. No obstante, recibirla me costó tragarme miles de veces mi orgullo. Hace muchos años me dijo: "only the disciplined are happy". En ese entonces mi joven soberbia sólo pudo reirse para sus adentros y (más adentro de los adentros) sólo pudo sentir un profundo y silencioso coraje. En el fondo siempre sabemos la verdad y por eso nos enojamos de forma tenue. Derrotarme y valorar la riqueza de tal consejo me ha tomado más de 10 años. Esas palabras, provenientes de la persona más disciplinada y productiva que conozco, resuenan día con día este año. Me agradezco por haber mandado al diablo mi resistencia a la perseverancia y, obviamente, agradezco a mi padre por darme ese consejo.

Purificación
Mi padrino en AA, me mostró la esencia de la derrota espiritual. Su enseñanza fue brutal. No tuvo piedad y menos cuando osé defender mi ilusoria integridad y fortaleza. La honestidad de mi padrino fue sanguinaria y precisa. Sin ese duro espejo que colocó frente a mí, nunca hubiese librado la batalla contra mis adicciones a las sustancias, a la "la loca de la cabeza", a los defectos de carácter y a las emociones negativas. Sólo un alcohólico o adicto entiende el pánico que se siente previo a la primera junta de un grupo de autoayuda. Lo que encontré fue mucho cariño, sabiduría, aceptación y sí, miles de golpes a mi ego. Ni hablar del miedo a la tribuna. Estoy seguro de que, aun con años de terapia, meditación y lecturas budistas, subirme a "hablar de mí mismo" frente a un grupo de expertos en reconocer todas las artimañas del ego, me sería muy difícil. Ahora sé que fue violenta esa derrota multidimensional, pero mi vida dio un giro más allá de los 360 grados. Sé que dicho sendero no es para todos, pero sin duda los 12 pasos de AA están retacados de toda la sabiduría que uno necesita para renunciar a una vida egocéntrica y dual. Vaya que me agradezco por haberme rendido y sometido a ese programa espiritual de autoayuda, a las garras de mi padrino y la implacable consciencia colectiva del grupo al que asistí lo más que pude. Gracias infinitas a todas las personas que me extendieron su mano en esa etapa de mi vida.

Magia
A la fecha, a pesar de que ahora reconozco el gran valor de las enseñanzas del nazareno, de vez en cuando aparecen vestigios de mi adolescente desdén hacia la santa misa católica. Veo toda esa época de mi vida como si hubiese sido uno de esos incendios forestales absurdos que se provocan por andar jugando con fuegos artificiales de la mente. Hay tres sucesos que no toleraba: dar la paz del señor, hincarme y confesarme. Hoy entiendo la razón espiritual detrás de esos ejercicios. Pero eso no lo comprendí en la iglesia. Después de mis primeros despertares en mi práctica de meditación acudí a un centro de budismo tibetano a aclarar mis dudas. Me encontré con un lama americano (entrenado por lamas tibetanos) que enseñaba tantra budista. En resumen, puedo decir que dicha tradición espiritual es mucho más ritualista que cualquier procesión del poblado más persignado de México. Una de sus prácticas preliminares me resultó difícil por que reactivó en mí ese odio por la devoción y sumisión a la santa iglesia católica: la toma de refugio en el Buda, en el Dharma y en la Sangha. Específicamente, las postraciones me resultaron, estem, un poquito incómodas. Pero había algo en todo ese rollo tántrico que resultó muy seductor. Hoy en día sé que dicha toma de refugio (física, verbal y mental) es una potente derrota egocéntrica. En mi opinión, la mejor de las medicinas contra mi orgullosa soberbia sutil. Además, he descubierto que es un excelente ejercicio yóguico que "subyuga" todo el relajo energético de mi cuerpo y mente y que sin duda realiza un trabajo de consciencia que va más allá de la mente conceptual. Hails a quien haya inventado el tantra. Hails a mi maestro budista que me enseñó todas estas tecnologías de la mente. Hails a mí por haber renunciado a mi prejuicio contra la sabiduría milenaria de estos viejitos tibetanos. Ahora entiendo el tantra del nazareno.

Renuncia sin fin

Hace dos días, después de dos horas de meditación con mantra, me resultó evidente (aunque ya tenía algunas pruebas) que la renuncia absoluta a la confusión egocéntrica consiste en permanecer en la transparencia de todo lo perceptible. Eso, amiguitos, no lo puedo explicar en un solo post. Pero sí les adelanto que dicha práctica es el camino insuperable. Es la llave que yace en el corazón esencial de todas las religiones y tradiciones espirituales y que diluye toda confusión egocéntrica. Una vez más me agradezco (aunque "yo" sea completamente transparente, inecontrable y vacío) por rendirme todos los días a la inefabilidad de la consciencia sin principio ni fin que permea el universo entero. Gracias también a Eso.

¿Y luego? Luego surge el "fearlessness".

OM AH HUNG BENZRA GURU PEMA SIDDHI HUNG

viernes, 19 de marzo de 2010

Adios al drama


Una amiga me pidió que escribiera un post sobre el desapego en las relaciones interpersonales. Creo que la mejor forma de entender y llevar a cabo dicho proceso es por medio del análisis del drama.

Desapegarse sólo de un elemento es un error. El chiste es desapegarse de todo el paquete:
- De la trama
- De los personajes
- Del espectador

Primero debemos identificar a los personajes: el agresor y la víctima, el mesías y el salvado, el justiciero y el criminal o el indefenso y el héroe.

¿Cómo identificamos a los personajes? Tenemos que observar y llenar los huecos del rompecabezas.

Si me duele que mi pareja me grite entonces ella es el agresor y yo soy la...
Si quiero que mi mamá me salve del dolor entonces ella es el mesías y yo...
Si quiero darle una lección a mi hijo entonces él es el criminal y yo...
Si mi hermano necesita que lo salven entonces él es el indefenso y yo...

En una crisis, el espacio en blanco es difícil de reconocer ya que es nuestro inconsciente.

Por otra parte, es posible que cambiemos de papel de un momento otro, en una milésima de segundo. Si me insultaron, en ese momento me volveré la víctima. Inmediatamente me transformaré en el agresor o justiciero. En una discusión puede ocurrir este intercambio de papeles infinidad de veces. Es un juego sucio, desgastante, hiriente e innecesario.

Cuando descubrimos a los personajes, la trama se revela por sí sola. Esta se puede mostrar como una secuencia o como una fotografía en donde observamos las expresiones faciales de cada personaje, sus tonos de voz o sus ademanes. El punto aquí es que percibamos la esencia de lo que ocurre entre los personajes.

Por último está el espectador, el cual sólo quiere entretenerse. Este elemento es el más difícil de percibir ya que se encuentra en la parte oscura del teatro. Los personajes no pueden verlo por que la luz no se ha extendido hacia las butacas. El espectador busca placer y lo encuentra en las emociones positivas y negativas que experimenta al observar la obra de teatro. Contrario a lo que uno podría pensar, la búsqueda de placer en las emociones negativas es constante. Cuando encarnamos al justiciero o agresor, las sensaciones pertenecientes a la "fortaleza" de dicho personaje pueden ser deliciosas. Cuando comenzamos a alimentar alguna tristeza o depresión, la penumbra que envuelve a ese personaje también la consumimos como una droga placentera.

El problema ocurre cuando perdemos el control de ese consumo, nos volvemos adictos y comenzamos a lastimar a los demás y a nosotros mismos.

En una pelea, la solución típica es incrementar nuestra agresividad hasta que el otro ceda. Esta solución está destinada al fracaso ya que las heridas resultantes sólo incrementarán el resentimiento. Esta vía no tiene fin.

La mejor solución es la desidentificación con el personaje, la trama y con el espectador. La solución es encender la luz de todo el teatro y anunciar que la obra ha terminado.

Primero lo primero
La desidentificación con el personaje debe ocurrir en dos dimensiones: en la mental y la emocional. Si es posible de forma simultánea. Debemos "soltar" tanto a los pensamientos, como a las emociones al mismo tiempo. Si sólo soltamos el diálogo interno, la emoción hará que broten los pensamientos de nuevo. Si hacemos lo inverso, la actividad mental provocará el surgimiento del fuego emocional una vez más.

Karma
Es difícil desapegarnos por que nuestro espectador es adicto al entretenimiento que proporciona el drama. El hábito o condicionamiento nos obligará a comportarnos según las instrucciones del papel en cuestión. Por ello, el desapego debe practicarse una y otra vez. Un hábito sólo se cambia con disciplina.

Guerra contra uno mismo
En otras ocasiones, tratamos de forzar el desapego a como dé lugar y lo único que obtenemos es una represión de la energía del personaje. Ello sólo posterga el episodio.

Además, la represión constante sin duda tiene repercusiones negativas en nuestro cuerpo y mente (úlceras, dolores de cabeza, tensión muscular, adicciones a sustancias, etc.).

El desapego debe ocurrir de forma natural y esto sólo es posible con el cultivo de la meditación, la cual se debe practicar en dos modalidades:
- Meditación contemplativa (o sentada)
- Meditación verbal

La contemplativa consiste en observarnos tal y como somos. Ahí es donde los personajes pueden surgir y cesar de forma natural. No los reprimimos ni los alimentamos. Si contemplamos una emoción nociva, no luchamos con ella ni la encarnamos hasta sus últimas consecuencias. Sólo la sentimos sin resistencia. Si observamos los pensamientos nocivos, no los reprimimos ni los alimentamos. Sólo dejamos de identificarnos con ellos y los tratamos como insectos voladores que poco a poco morirán.

La meditación verbal se refiere al acto de confesar todo lo que ocurre en nuestro interior. Esto podemos hacerlo en presencia de otra persona o de nuestra consciencia superior o divina. Es recomendable hacerlo frente a otra persona ya que de esta forma podemos recibir retroalimentación. El único requisito es que ésta sea objetiva, consciente y ecuánime. Un buen amigo, un sacerdote, un psicoanalista, un lama, un consejero o hasta nuestro vecino puede realizar el trabajo. El punto es que posean la sabiduría necesaria para escucharnos sin "engancharse" con nuestra aflicción. La confesión debe realizarse con honestidad y sin piedad. Esconder detalles sólo perpetúa nuestra angustia y posterga la sanación.

Si la otra persona alimenta nuestra neurosis o la descalifica de forma muy negativa, lo único que hará será lastimarnos. Por ello debemos escoger bien.

Si confesamos ante la Consciencia Universal, su retroalimentación ocurre en dimensiones infinitas.

Vaciemos el teatro entonces.

domingo, 7 de marzo de 2010

Lecciones de cocina


Los días malos sucederán y los días buenos se acabarán a pesar de lo que "yo" quiera.
Las emociones negativas sucederán y las alegrías se acabarán a pesar de lo que "yo" quiera.
El alivio no ocurrirá si "yo" renuncia a todo lo que quiere.
La angustia de "yo" cesará sólo cuando "yo" renuncie a esos deseos contrarios al movimiento universal, movimiento evidentemente más fuerte que la voluntad de "yo".
Por otra parte, el alivio de "yo" se incrementará cuando "yo" sincronice su voluntad con el movimiento universal.
El descanso anímico sólo ocurrirá después de que "yo" se regale y permita que su voluntad siempre-contraria se disuelva en el movimiento universal.
"Yo" se volverá dicha sólo cuando se deje cocinar y evaporar en la caldera omnipresente que todo lo cocina y evapora.
Mientras "yo" quiera presenciar su propia evaporación, "yo" nunca podrá entregarse por completo a dicha evaporación.
Cuando los deseos contrarios al movimiento universal se evaporen y sólo quede la voluntad de "yo" sincronizada con el movimiento universal, "yo" se habrá evaporado.

Después de la evaporación ya no hay nadie que sufra, que tema, que se angustie o que desee impacientemente. Sólo hay todo lo demás y "todo lo demás" no tiene principio ni fin, no tiene nacimiento ni muerte. "Todo lo demás" es libertad total, Yoga universal y trascendencia total.

lunes, 1 de marzo de 2010

Sobre el perdón y la comprensión


Tanto en las clases grupales como en las sesiones individuales he insistido una y otra vez sobre la importancia de la honestidad. Aquí también lo he hecho. Sin la honestidad, no hay claridad, no hay visión, no hay realidad, no hay verdad, no hay Dharma, no hay aire, no hay respiro, no hay descanso, no hay avance y no hay movimiento. No hay libertad, no hay salud, no hay serenidad, no hay cese de dolor, no hay paz, no hay yoga, no hay fin de violencia, no hay espacio, no hay naturalidad y no hay amor propio.

Sobre todo eso, no hay amor propio.

Pero el ejercicio de ser honesto no es sencillo. Duele escuchar que somos agresivos o que somos codependientes. Lastima saber que somos controladores, miedosos y que tenemos complejos de inferioridad o de superioridad. Detestamos saber que detestamos sin razón, que no poseemos tolerancia, que somos inmaduros, infantiles, soberbios, apretados, obsesivos, compulsivos, adictos, necios o arrogantes. Duele aunque la honestidad venga de nosotros mismos y no de otros.

Aun si nuestra actitud ante la verdad fuese la más abierta y valiente de todas, aun así sentiríamos esa punzada honesta en el pecho y en la garganta.

La razón es que no sabemos perdonar. Sabemos resentir y sabemos herir. Sabemos descalificar todo lo que se pueda descalificar y señalar todo lo que se pueda señalar. No sabemos permitir, ni comprender, ni tampoco escuchar.

Pero sobre todo, no sabemos amar cuando más se necesita amar. Si supiéramos, ser honestos no dolería en lo más mínimo. Si supiéramos, la gente sería honesta con nosotros.

O tal vez sí sabemos, pero nuestra bondad amorosa y comprensiva vive enterrada bajo toneladas de incertidumbre o sumergida en el fondo de un mar de apatía. Por fortuna, nuestra bondad nunca perece, aun cuando optamos por comernos vivas a las personas con nuestra ira verbal o silenciosa. Aun en esos momentos de sadismo nuestra bondad no desaparece. El problema es que no la reconocemos.

Si estuviésemos convencidos de que no poseemos dicha virtud (debido a que la vida nos golpeó desde que nacimos hasta el día de hoy) no importa, de todas formas estamos repletos y rodeados de cariño desinteresado. Es imposible que se acabe y, por lo mismo, podemos hacer contacto con éste en cualquier momento. Sólo tenemos que prestar atención.

La fuente
Ahí en donde el aburrimiento es más desesperante que nunca, ahí en donde la paz es más vacía que cualquier espacio, ahí está intacta esa bondad innata. Ahí está siempre refrescante, siempre juvenil. Brotando como una fuente incesante de agua luminosa.

Bondad trascendente
Debido a nuestros hábitos, creemos que la bondad infinita sólo podemos sentirla cuando estamos en nuestra habitación. Presentimos que sólo debajo de las sábanas de nuestra cama encontramos esa calma amorosa. Hay ocasiones en las que la encontramos en los brazos de nuestra pareja, o en compañía de nuestros padres o de nuestros hijos. Nos convencemos de que sólo con ciertas personas podemos ser así, abiertos y comprensivos. "Son niños", pensamos, "podemos perdonarlos siempre". Y sí, bajo esas condiciones surge nuestra bondad fundamental. "Ella es maravillosa", "él es el indicado", "sólo mis mascotas son seres bondadosos", "sólo mi madre me entiende", "sólo yo me quiero en verdad".

Nuestro amor es selectivo y dependiente de una serie de personas, lugares y circunstancias.

Pero eso es un error. Es una equivocación asumir que sólo en la calidez de nuestro refugio favorito encontraremos ese amor sanador. Dicha virtud no tiene tiempo ni espacio y, por ello, nunca se acaba, nunca comienza y siempre es omnipresente.

Cualquier cosa nos sirve para ponernos en contacto con ese amor que nos permite ser honestos sin dolor alguno. Por supuesto hacer yoga, ponerle atención a la respiración, disfrutar un día soleado de primavera o escuchar música meditacional nos lleva a esa bondad.

He aquí otros vehículos:
- El sonido de las teclas de nuestra computadora
- Lo ordinario del color de nuestra vestimenta del día de hoy.
- El trabajo tranquilo y constante.
- La rutina que arruya.
- La presencia de los padres
- La ausencia de los padres.
- La soledad.
- El sonido del tráfico automovilístico.
- El sonido de los trastes y tenedores que lavamos.

En fin.

En esa naturalidad yace esa calidez que comprende incondicionalmente a cualquier "defecto", "falla", "idiotez", "fail", "pendejada" o "estupidez".

En la clase de hoy cultivaremos esa naturalidad comprensiva que tanta falta nos hace. Sin ella, muchas cosas molestan, muchas personas nos resultan desagradables, pero sobre todo, sin ella uno mismo es detestable.

martes, 23 de febrero de 2010

Nectar


La espiritualidad es como el proceso de destilación. El objetivo es obtener esa esencia líquida. Hay mucho que purificar. El resultado es un nectar que nunca se acaba.

espíritu.

(Del lat. spirĭtus).

1. m. Ser inmaterial y dotado de razón.


Ser

La verdad es el Ser. No hay otra. Pero no es un Ser que se acaba aquí o termina allá. No es un Ser que nace aquí o comienza allá. En todos lados está el Ser. La pantalla es, los olores son, el trabajo es, los pensamientos son, el ejercicio es, la ira es, la depresión es, la paz es, la guerra es. Todo es. Nada es. La paranoia es, el egocentrismo es, Nirvana es, Samsara es. El ser lo incluye todo y al mismo tiempo lo excluye todo para que todo sea infinitamente libre. Ese Ser es esa esencia líquida que está en cada cosa.


Inmaterial

El Ser es inmaterial. La dureza, la solidez, la aspereza, la suavidad, el dolor, las mesas, las piedras, las montañas. Todo eso palpable es inmaterial por que es Ser. Gracias a su inmaterialidad es palpable. Por lo tanto nosotros también somos inmateriales. Cada palabra, cada voz, cada decisión, cada pensamiento, cada yo que brota en cada milésima de segundo es inmaterial. Lo único que apoya lo visible es la inmaterialidad. Lo único que apoya nuestra existencia es la inmaterialidad. Es esa cualidad inmaterial lo que hace que todo sea infinitamente puro en este instante. Esa inmaterialidad es la destilación infinita presente en cada cosa.


Dotado de razón

Está de moda crucificar a la razón, los conceptos, los pensamientos, el ego, el tiempo mental, el lenguaje y cualquier estructura generada por la mente. Pero la razón es el mensajero y el mensaje. Es la energía que enciende el foco que trasciende a la razón misma. La neurosis y la psicopatología permiten que nuestra búsqueda de libertad ocurra sin esfuerzo. No importa que tanto nos ahoguemos en océanos de pensamientos, tarde o temprano la asfixia misma nos llevará a la rendición que nos volverá inmateriales en un instánte. El espíritu líquido que obtenemos de tal rendición es justamente gracias a tantas "impurezas racionales".


Destilemos pues.

jueves, 11 de febrero de 2010

Dharmakaya


La realidad es completamente pura. Es invisible. Es tan invisible que revela todas las apariencias visibles. Gracias a su invisibilidad, todo lo demás surge. La realidad es vacía y por lo mismo es verdadera. Si estuviera llena de algo sería imposible percibir todo eso que percibimos. No podríamos ver los colores, ver los sonidos o ver las sensaciones. Por ello la realidad es vacía, para que no haya nada en medio que impida su surgimiento aparente.

Las aparencias engañan pero también revelan la verdad. La realidad visible es una mentira completamente honesta. Cada arbol es una mentira, cada ser vivo es una apariencia, cada sensación es un espejismo. Todo ello, en conjunto es una mentira infinitamente verdadera.

Sólo en meditación es posible percibir ambas caras de esta moneda. Tanto la aparente como la real. En meditación nos damos cuenta de que todas las formas, colores, sonidos, percepciones y sensaciones, son pincelazos que se plasman a sí mismos sobre un lienzo que nunca deja de ser invisible. Ello aplica también a nosotros mismos:

- Mi percepción es un pincelazo.
- Mi forma es un pincelazo.
- Mis sentimientos son pincelazos.
- Mi voluntad es un pincelazo.
- Mi consciencia es un pincelazo.

¿Por qué ser sólo pincelazos si tenemos la oportunidad de ser el lienzo invisible?
¿Por qué ser sólo lienzo invisible sin ser pincelazos?

Ser lienzo invisible y pincelazos al mismo tiempo es meditación perfecta.